martes, 6 de diciembre de 2011

Valor económico de la moral

Desde hace cuatro años venimos oyendo hablar de la pérdida de confianza como raíz de la crisis económica. Las relaciones económicas son relaciones humanas y, como todas ellas, se fundan en la confianza, que sólo puede construirse sobre el cimiento de la honradez, la integridad, la lealtad y la fidelidad: ¡la moral tiene un gran valor económico! La inmoralidad, o la amoralidad, no sólo no mejora el negocio, sino que lo hunde. El sistema soporta una cierta cantidad de inmoralidad, como el cuerpo soporta dosis pequeñas de veneno; pero no se sostiene cuando se generaliza la falta de ética (de decencia, dice Leopoldo Abadía).
Lo peor de todo es que se ha instalado en nuestro primer mundo (el de la crisis) un ideal de vida que consiste en producir para consumir, para estar bien. ¿La expresión "estado del bienestar" no os produce escalofríos, un estremecimiento al menos? Es un ideal tan pobre que conduce inevitablemente a la des-moralización: la persona se queda sin fuerzas para luchar por algo valioso y, por tanto, arduo. La sociedad del bienestar es incapaz de generar las energías vitales para sobrevivir: ¿será capaz de superar la crisis sin una profunda transformación moral?
En La vanguardia Antoni Puigverd escribe un magnífico artículo, "La fuerza de la ternura", que habla de esto y de la confianza en el hombre para superar el ideal consumista. He seleccionado este párrafo:

"En la construcción del ideal de vida estrictamente económico, han contribuido todos. La política y la cultura, la derecha y la izquierda, los periodistas, los futbolistas, casi todos los líderes sociales. Abandonando los valores que querían conservar, la derecha ha enfatizado la ganancia y el beneficio como objetivo primordial, ha convertido la avidez –antes sospechosa– en un comportamiento ejemplar y ha entronizado el mercado como mecanismo ideal de distribución de las energías humanas. Las izquierdas nunca hablan de otro objetivo que no sea el bienestar social, que concretan siempre en mejoras salariales para los trabajadores, en la capacidad de consumo de las clases humildes, en la conquista de más y mejores bienes materiales para todos, en subvenciones para igualar las oportunidades económicas. La derecha defiende una sociedad en la que el más fuerte es premiado con una ilimitada capacidad de acumular dinero y objetos. Y la izquierda propugna que los débiles no queden descolgados de la carrera por la acumulación de bienes. Derecha e izquierda han reducido la idea del progreso humano a la dimensión económica: progresar es vivir hoy mejor que ayer; y vivir bien es, como decía el joven taxista, "comprar esa cosa que quizá no necesito pero que me apetece". La cultura ha abandonado el canon entronizando los éxitos de audiencia. El periodismo ha propagado la cultura del éxito. El futbolista es la encarnación del éxito."



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