miércoles, 13 de julio de 2016

Dad a los niños lapiceros, no teclados


Que los niños están cada vez más expuestos a teclados desde muy pequeños es una cosa; que se deba abandonar la escritura a mano, otra bien distinta. El creciente cuerpo de investigación que recomienda no dejar de lado esta práctica es concluyente: formar letras les ayuda a ser más conscientes de lo que están expresando y a la vez mejora su capacidad para entender los textos que leen.
Foto: http://www.guiadelnino.com

Así empieza este interesante artículo de Aceprensa. Para leerlo todo: Dad a los niños lapiceros, no teclados

sábado, 24 de agosto de 2013

Hannibal Lecter, modelo de inteligencia emocional

Gardner y Goleman han popularizado –vulgarizado– la idea de que, puesto que los sentimientos tiene un componente cognitivo, está justificado hablar de inteligencia emocional y por tanto debe incluirse la educación emocional en el currículo, como las demás inteligencias lo están (o deberían estar). Vale. El problema que yo veo es que la educación emocional que puede diseñarse a partir de los planteamientos teóricos de Gardner y Goleman será siempre deficiente, puesto que la comprensión que estos autores tienen de la inteligencia y, en consecuencia, de la inteligencia emocional es insuficiente.

Gardner entiende por inteligencia la “capacidad de resolver problemas o elaborar productos que sean valiosos en una o más culturas”. Entre la multiplicidad de inteligencia de que disponemos se encuentran la inteligencia intrapersonal y la interpersonal. La intrapersonal es aquella que se refiere a la autocomprensión, la capacidad de reconocer y discriminar nuestras emociones, ponerles nombre y a través de ellas orientar la conducta. La inteligencia interpersonal, por su parte, permite comprender a los demás y comunicarse con ellos, teniendo en cuenta sus sentimientos y sus diferentes estados de ánimo. Nos capacita por tanto para establecer y mantener relaciones sociales positivas. 

El concepto de inteligencia emocional de Goleman engloba estas dos inteligencias. Goleman estima que la inteligencia emocional se puede organizar en torno a cinco capacidades: conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación, y gestionar las relaciones. La persona emocionalmente inteligente es capaz de automotivarse, de perseverar en sus proyectos a pesar de las posibles dificultades y frustraciones, de controlar sus impulsos, de diferir las gratificaciones, de regular su estado de ánimo y de empatizar con los otros. El grado de dominio que alcance una persona sobre estas habilidades, dice Goleman, resulta decisivo para determinar el motivo por el cual ciertos individuos prosperan en la vida mientras que otros, con un nivel intelectual similar, acaban en un callejón sin salida.

Sin renunciar a la crítica de las nociones de inteligencia y de inteligencia emocional (ya vendrá),  baste de momento esta consideración para mostrar su insuficiencia: Hannibal “el caníbal”, doctor en psiquiatría, socialmente integrado (cuando está fuera de la cárcel), sofisticado y elegante, agudo en la percepción de los sentimientos de su prójimo y hábil en su manejo, reúne todas las características de la inteligencia emocional tal como es descrita por Goleman y Gardner. ¿El hecho de que sea un asesino aficionado a comer carne humana no le descalifica? No, porque el canibalismo es un “producto valioso en una o más culturas”, según la definición de inteligencia propuesta por Gardner…

jueves, 22 de agosto de 2013

¿Quién quiere mandar?

Los árboles fueron a ungir un rey sobre ellos y dijeron al olivo: “Reina sobre nosotros”. Y el olivo les respondió: “¿Cómo voy a dejar el aceite por el que me ensalzan los dioses y los hombres para ir a mecerme sobre los árboles?”
Entonces los árboles se dirigieron a la higuera: “Ven tú y reina sobre nosotros”. Y ésta les contestó: “¿Cómo voy a dejar mi dulzura y mi buen fruto para ir a mecerme sobre los árboles?”
Los árboles se dirigieron entonces a la vid: “Ven tú y reina sobre nosotros”. La vid les respondió: “¿Cómo voy a dejar mi mosto que alegra a dioses y hombres para ir a mecerme sobre los árboles?”
Dijeron, pues, todos los árboles al espino: “Ven tú y reina sobre nosotros”. Y el espino respondió a los árboles: “Si me ungís de verdad como rey vuestro, venid a cobijaros bajo mi sombra, pero si no, saldrá un fuego del espino que devorará los cedros del Líbano”.



Este fragmento de Jueces (9, 8-15) escuece. ¿Por qué los árboles de mejores frutos no quieren ser rey? (Donde dice rey léase diputado, senador, concejal, etc.) ¿Quién propone al espino para gobernar? ¿Podrán los árboles quejarse de la arrogancia del rey espino? ¿Qué responsabilidad tienen el olivo, la higuera y la vid, si finalmente el cedro acaba devorado por el fuego o castrado –como un bonsai– a la sombra del espino?

lunes, 12 de agosto de 2013

Trastorno por déficit de naturaleza

"Hoy podemos iluminar nuestras ciudades de manera tan deslumbrante que ya no pueden verse las estrellas del cielo" (Benedicto XVI)
A Ramón Arellano

Aprovecho los ratos de descanso estival para revisar papeles (en el ordenador) y poner un poco de orden; así me he encontrado con un artículo de BBC News que Ramón Arellano mencionó en un tuit hace tiempo. El autor del artículo da a conocer un informe encargado por la Fundación National Trust, en que se pone de manifiesto la preocupación de sectores médicos y pedagógicos de Gran Bretaña por el daño que puede estar causando a los niños británicos la falta de contacto con la naturalezaEl miedo de los padres a la calle, los peligros del tráfico y el gancho de las pantallas (televisión, videoconsolas, móviles) son las razones principales para que los niños pasen cada vez más tiempo en casa, entre cuatro paredes, y menos en el exterior.
Por una parte, estamos tan obsesionados con la seguridad que la naturaleza produce, a padres y profesores, verdadero pánico. Subirse a un árbol, tirarse al mar desde una roca... todo lo que nos divertía cuando éramos pequeños, ahora está prohibido. Por otra parte, los espacios urbanos, los espacios civilizados, se han convertido paradójicamente en una jungla, en algo salvaje, donde cada vez es más difícil que los niños puedan jugar "al aire libre" de manera segura. Para colmo, al problema físico del espacio se suma el problema humano de la desconfianza hacia los otros, por muy vecinos que sean. El resultado es la cotton wool culture, la cultura de mantener a los niños a buen recaudo, siempre entre a cubierto, entre algodones.
A la vista del informe de la National Trust cabe pensar que el remedio es peor que la enfermedad. Los niños con escaso contacto con la naturaleza tienen los sentidos menos desarrollados y más problemas de atención y están expuestos a padecer más enfermedades físicas y emocionales. Por contra, parece probado que los niños aprenden más y mejor en contacto con objetos naturales, los que padecen TDAH mejoran al contacto con la naturaleza, y todos son más felices al aire libre que enganchados a una pantalla.

Fue Richard Louv en 2005 quien acuño las expresiones alienación de la naturaleza y trastorno por déficit de naturaleza. Lo de menos es si realmente se trata de un trastorno médico (seguramente no); lo interesante es la llamada de atención sobre los perjuicios de una vida cada vez más artificial y artificiosa, virtual, irreal.

Por el libre uso compartido de los bienes

La sustracción de bienes ha existido siempre. El 99% de los encuestados confiesa haberse apropiado indebidamente de bienes ajenos alguna vez en su vida; teniendo en cuenta el número de los que no se atreven a reconocer en público sus actos de rapiña por la presión de la (mala) educación recibida,  algunos expertos consideran que podemos hablar de un 99,9% de cleptómanos. Estamos, pues, ante un hecho social de primera magnitud, que exige respuestas por parte de la sociedad.

Hay que considerar en primer lugar las razones por las cuáles una persona se ve abocada a sustraer y usufructuar bienes ajenos: el trauma producido por la comparación de lo que uno tiene con lo que tienen otros, la falta de autoestima que conlleva la carencia de bienes que otros disfrutan, la frustración por los deseos insatisfechos, etc.

En segundo lugar debemos sopesar el quebranto que supone la actual situación de ilegalización para la salud física y mental de la persona que se ve obligada a hurtar. En efecto,  el hurto (y más el robo) genera ansiedad y estrés, puesto que se realiza casi siempre en condiciones infrahumanas de nocturnidad, o en lugares muy concurridos, con presencia de policía o personal de seguridad armado, en locales con videovigilancia, etc. Muchas de estas personas se sienten vigiladas y observadas de continuo, de modo que con facilidad caen en trastornos obsesivos y manías persecutorias.

Esta situación es insostenible por más tiempo.
¡Legalización del libre uso compartido de los bienes ya!
Bastante duro es que haya que apropiarse de bienes impropios, para que encima se criminalice y se penalice.
A usted nadie le obliga a usufructuar lo ajeno, deje a los demás que tomen sus propias decisiones con libertad, sin ser señalados con el dedo y estigmatizados como delincuentes.

Miura en el Palacio de cristal

No, no es que un toro bravo haya entrado en el Palacio de cristal. Desde luego es una imagen sugerente, pero se trata de otro Miura, de Mitsuo Miura, que presenta en Madrid una "intervención" titulada Memorias imaginadas (este también es un título sugerente). Mi conclusión, después de visitarla y de leer el folleto correspondiente, confirmada y reafirmada después de leer la presentación en la web del Museo Reina Sofía, es que la verdadera obra de arte está no en la intervención de Miura sino en estas auténticas piezas literarias (de ficción, digo).

Situémonos, por si no han visto la exposición-intervención:


Mire la foto y piense por un momento, antes de seguir leyendo, cómo describiría usted lo que ve; a continuación compare:
La intervención de Mitsuo Miura (Iwate, Japón, 1946) en el Palacio de Cristal se basa en una instalación pictórica con vocación arquitectónica y paisajística. A través de formas esenciales con colores algo desvaídos —que representan situaciones difusas— distribuidas por el espacio, el artista propone la creación de formas constructivas, sólo sugeridas, que remiten a esquematizaciones esenciales de experiencias e imágenes de los recuerdos almacenados en su memoria.
Concretando:
Memorias imaginadas parte de la distribución de círculos de color en el suelo del Palacio, coronados por otros idénticos, suspendidos de la cubierta. Entre ambos elementos se crea un objeto imaginario, la columna, que sugiere la creación de un nuevo espacio arquitectónico más imaginado que construido. Convierte de esta forma el entorno transparente del Palacio de Cristal en una sala hipóstila, uno de esos “bosques de columnas” de particular alcance sagrado en la antigüedad. Vuelve así a la génesis de un elemento arquitectónico milenario, la columna, que en su origen fue la esquematización del tronco de un árbol. El espectador encuentra el correlato necesario en la vertical de los árboles del Parque del Retiro para dibujar estos fustes en su mente imaginando líneas verticales que unan cada pareja de círculos.
¡Cómo! ¿No se le había ocurrido a usted lo de las columnas imaginarias?



Este párrafo es extraordinario:
Miura trabaja del modo en que opera la memoria: en la reactivación virtual de un espacio imaginario; un entorno que pudo o no existir y que, por tanto, sólo puede ser completado mentalmente. En ello incide el segundo gesto de su intervención: la distribución intermitente de franjas de color en el zócalo interior del edificio, que sugieren el dibujo esbozado de un plano no claramente definido. La instalación recuerda, de ese modo, que la arquitectura no es más que la delimitación física de un espacio ya existente: los elementos constructivos, aquí columnas y zócalos (aquello que marca horizontal y verticalmente el alcance de una edificación) no son más que trazos en el vacío.
De primeras no puedo evitar la sensación de que me están tomando el pelo. Luego recapacito y, ante la posibilidad de que el "escritor" crea sinceramente lo que escribe, me tranquilizo.  Luego me inquieta el pensamiento de que se lo crea... La cosa es que en ningún momento se me pasa por la cabeza la idea de que a lo mejor-peor yo no tengo sensibilidad artística. ¿Será entonces el complejo de Sancho? ¡Ay, el arte!