Nueva entrada del Diario de Josean Una mañana de domingo, cuando Martín tenía cuatro años, nos vimos rápidamente envueltos en una brutal tormenta, a dos mil metros de altitud, en un desolado laberinto kárstico del valle de Linza. Escuchábamos potentes truenos y, a continuación, cada vez más próximos, golpeaban la roca caliza imponentes relámpagos. El viento nos zarandeaba violentamente. Martín me miró a los ojos, con el miedo inscrito en su cara, y me dijo “Papá, ¿nos vamos a morir?” Más aún que la impetuosa tormenta, me asombró que mi hijo, a tan corta edad, tuviese presente la muerte y la temiese. Le cogí con firmeza de la mano y le dije que no se soltase. Que íbamos a bajar, sin prisa, pero sin pausa, en busca del hayedo. Que en el interior del bosque ya estaríamos casi salvados. No sirve de mucho quedarse paralizado, imaginar, angustiarse. El miedo queda empequeñecido cuando nos lanzamos en pos de mejorar la seguridad. Hay que analizar la situación. Y actuar con coraje. Presta...
CHAPEAU!!!
ResponderEliminar(Y gracias).